viernes 6 de noviembre de 2009

Obra selecta, de Cyril Connolly

1.000 pp
(para curiosos)

martes 3 de noviembre de 2009

Las aventuras de Joseph Andrews y su amigo el señor Abraham Adams escritas a la manera de Cervantes autor de Don Quijote, de Henry Fielding

La literatura del siglo XVIII es la mejor literatura de todos los tiempos. El motivo es obvio: no dejaban escribir ni a las mujeres ni a los pobres. Los escritores eran todos señores adinerados con mucho tiempo libre y una sola cosa en la cabeza: por qué mi criada no me deja que me la folle. Muchos de estos escritores, además, eran curas. Desde Pamela (1740) a El monje (1796), la narrativa del siglo de las luces es la narrativa del sexo. Todo lo que leais en los manuales es basura. Todo adjetivo elevado para estas novelas es incorrecto. Toda tesis sobre el siglo XVIII que no centre su propuesta en follar es miope y de lesa lectura.

Pamela fue el primer best seller de la historia. Samuel Richardson nos contó el drama de una criada que se resistía durante 500 páginas a que le metieran la polla. Eso sí es sexy, y no tu hermana pequeña. Provocó numerosas parodias, entre ellas Shamela, de Henry Fielding. Diderot, con La religiosa o Los dijes indiscretos; Sterne, con Tristam Shandy y El viaje sentimental, abundaron en la temática estrella: queremos follarnos a las muchachas. Las muchachas, es obvio, no podían escribir novelas porque estaban muy ocupadas manteniendo pegadas las rodillas y reluciente la cubertería . Goethe, entonces, acuñó su famosa sentencia: No hay nada más sexy que una mujer limpiando la casa (en alemán suena confusamente profundo) para luego escribir Werther (1774), otro best seller sexual en forma de epístolas. Ni Goethe ni Richardson se inventaban nada: eran cartas, eso estaba pasando de verdad.

El marqués de Sade pinchó el globo: empezó a follarse a las criadas en el primer párrafo y siguió follándoselas durante todos sus libros. Además las torturaba y, en definitiva, se resarcía de todas las pajas que se había hecho leyendo a los maestros de su siglo. A partir de entonces, no fue posible el encanto.

Finalmente, en esta mi teoría genial que regalo al mundo, tenemos la novela gótica. Su éxito no procede de su interés intrínseco, sino de la necesidad lectora de seguir poniéndose cachondo con un libro. La novela gótica, el terror, el miedo, aún hoy en día con las películas, es sólo sexo. Dado que Sade ya había quitado el tapete a todos los coños del servicio doméstico, fue necesario una reinvención del morbo. En la novela de quiero-follarme-a-la-criada se disfrazaba el asunto de lección moral para las muchachas y muchachos, de modo que podía hablarse de deseo sexual siempre y cuando, con notable cinismo, se concluyera exhortando al lector sobre lo inapropiado de todos aquellos jueguecitos. La novela gótica cambió de tercio y nos dio símbolos y oscuridad, malvados afectados de satiriasis y un buen puñado de noches sin dormir: todo sexo.

En este contexto, Joseph Andrews. Sinopsis en marcha: Joseph es muy mono, su ama se lo quiere coger, la criada de la casa también se lo quiere coger, de modo que es despedido por ser demasiado guapo (ver Que se mueran los feos, de Boris Vian); es asaltado en el camino, despojado de sus ropas: pasa una diligencia y una señora no quiere que le metan dentro porque, sí, ¡está desnudo!... Así todo el rato. Doncellas y sátiros, y una leccioncita moral cada tanto.

Lo cervantino del título no se nota mucho: salvo en que es una road movie llena de personajes encontrados (que, claro, sólo hacen que contar historias de doncellas dudosas entre dos desvirgamientos). Nota benet: la novela inglesa más deudora de Cervantes es Papeles de club Pickwick, de Dickens. Además, Fielding tiene algo que no tiene Cervantes: encanto, esto es (siguiendo a Nabokov) nada de crueldad ni tosquedad: hasta las palizas que recibe Joseph son delicadas (en Cervantes vemos los dientes rotos, la sangre manchando el blusón, las babas).

Entre discursos de jurisprudencia y cultureta clásica (Esquilo, etc.), lo menos interesante del libro, Fielding cuela también lo mejor del texto: apelaciones al lector, siempre irónicas, siempre tramposas.

Una me ha encantado especialmente: la novela viene dividida en cuatro "libros". El libro segundo se inicia con un "Sobre el uso que de las divisiones hacen los autores". Y dice: que no crea el lector (es decir: que lo crea) que uno divide los libros en capítulos y "libros" para abultar papel y cobrar más. Que no lo crea, repite. Que no lo crea, argumenta. Que no lo crea, concluye.

Y te lo crees. Porque ya entonces, en el XVIII, cuando se inventó todo, se inventó eso que hoy es tan habitual de vender libros casi en blanco, con una poca de tinta que apenas dice nada, porque somos, ay, vanguardistas.

Joseph Andrews, para los amigos.

lunes 2 de noviembre de 2009

En Grand Central Station me senté y lloré, de Elisabeth Smart

Las mujeres enamoradas follan mejor.

lectora: Hala, ya estamos con teorías aleatorias.

Las mujeres enamoradas follan mejor (teoría). Cuando una mujer se enamora, automáticamente, hace viejas todas las revistas pornográficas, automáticamente, desdice todos los reportajes imbéciles de las revistas femeninas, automáticamente, desautomatiza la técnica del follar, que no es una técnica, sino un manual de instrucciones para chicas que no tienen corazón, ni apenas coño.

Chupar pollas, por ejemplo. Es muy distinto la felación de la prostituta y la felación de la enamorada (a pesar de que ambas salen más o menos por el mismo precio). La prostituta labora el falo con profesionalidad, y la eyaculación es un objetivo único; la loca enamorada hace con una polla lo que el amor hace con su alma: lo reinventa. La eyaculación no es un objetivo, sino una sorpresa de semen.

Viene esto a que Elisabeth Smart se enamoró, una vez. Que se enamorara de un poeta resta muchos puntos a su amor, pero amor era. Dicen, en las edis de este bookito, que la historia fue tan así como os cuento: pues no va Elisabeth, pija del Canadá, y entra en una librería, abre un librito de poemas, lo lee así en diagonal y se dice: es el hombre de mi vida. Nota: el librito de poemas no tenía foto del autor ni nada; nota dos: el autor no era TS Eliot ni nada. Años 40 hablamos: una podía enamorarse hasta de los nombres propios.

Entonces, Eli, dedica tres años a contactar con el poeta. Lo contacta, y está casado. Lo invita, con mujer y todo, a California. Se lo folla. Se queda embarazada. Da a luz. Y mientras viene el hijo vino el libro, el de sentarse y llorar. Luego vinieron más hijos, menos libros, uno solo, malo dicen. El niño creció en todas direcciones; el libro, este, de sentarse y llorar, creció en la dirección del mito, que es un camino estrecho pero con vistas fascinantes.

Traduce, prologa, anota, Laura Freixas, esponjada de encontrarse una mujer que escribe bien. Es novela lírica, esto, amor fou como en Breton, surreal y pasmoso. "Mi corazón con mi corazón se encarniza." Si no nos cuentan la historia (ver arriba) el libro no se entiende. Es un libro, un amor, que necesita del verduleo, ya ven.

Lo publicó Lumen, lo rescata ahora Periférica. Empachado un poco de paisajes, insidioso de intertexto, En Grand Central Station me senté y lloré acude a las manos del lector para demostrar que las mujeres enamoradas son otra forma de terrorismo.

No la más peligrosa, claro.

O, de hecho, sí.

Muy zorra.

jueves 29 de octubre de 2009

El arte de la distorsión, de Juan Gabriel Vásquez

Se me olvidó (la coca, el M, el chupachups), semen olvidó, decía, en el post de Ballard comentar la polémica posición del autor respecto al bombardeo de Hiroshima: está de acuerdo. El colombiano (allá, 1972) Juan Gabriel Vásquez está en desacuerdo. Curioso.

Curioso opinar, curioso posicionarse. Curioso tu coño. Ballard vivió la guerra, la 2, y la guerra marcó su vida, su obra, su coño. Vásquez (allá, en Colombia; aquí: 1972) no vivió nada, pero puede opinar, y lo que es más semoviente, argumentar.

Para Jotagé, el Ballard, Hiroshima, es sabido, fue un acierto porque matar 70.000 chinitos nos libró de matar más, chinitos y no chinitos, durante un tiempo X. A él le sirvió para salir del campo de concentración, por ejemplo. Vásquez, al hilo de Hiroshima, de Hersey, que tradujo al español, cree que fue un error, por, es sabido: que Japón se iba a rendir a la mañana siguiente, después del taisho; que la bomba no buscaba otra cosa que acojonar rusos fríos; que además había que probar el mastodonte nuclear con gente viva, que en los desiertos no queda claro si hace trizas el cuerpo humano o sólo revuelve un poco el estómago.

Parece, pareció, que hacía trizas el cuerpo humano, poder de sombras.

Yo también estoy a favor de Hiroshima; sólo que me gustaría cambiarle el nombre. Barcelona. ¿Para cuándo una bomba atómica en Barcelona? No es necesario que caiga por san Jordi, aunque tendría su gracia ver la sombra de los escritores pegada a sus propios libros, y, ellos, fosfatina.

El caso es que Vásquez, cambiando el tercio de flanes, es un tipo muy famoso y prestigioso y demás, al que uno no conocía. Es, nuevamente, curioso, andar detrás de las letras todo el santo día (y de algunos mocitos, y de mi genialidad) y no conocer más que ahorita a este colombiano de escaso mérito: nacer colombiano es nacer bien escrito.

Y bien follado.

Luego te bajan la cabeza a machete, pero eso es algo que uno siempre agradece después de un buen polvo.

Vásquez, en este book, reúne varios ensayos, artículos, que consiguió colar en su día en Lateral, Quimera, Elmalpensante y por ahí. Son muy buenos, muy instructivos y muy jugosos. Más que nada, en lo tocante a Gabo, ese autor que es como el Cervantes de Colombia, pero más a mano. Y más a menos.

Y menos ameno.

"Esa fotocopia caribe de El viejo y el mar que es El coronel no tiene quien le escriba", verbigracia.

También reparte muerte Vásquez con Cortázar: "cuyas mejores novelas son hoy poco más que una pataleta de época, y cuyas peores novelas ya no existen".

El autor, otrosí, simpatiza con Ribeyro, ya saben, ese que fracasó para contarlo; adora, venera, sigue a Joseph Conrad (ya saben, ese de los marineritos); valora, estudia, perdona a Philip Roth (ya etc; ese que se hizo pajas en cada página de su primera novela; y que ahora no mira a ninguna mujer que no tenga como mínimo 70 años menos que su polla); sintetiza, imita, contiende con Martin Amis (ese cuyo padre era bastante amigo de Jotagé Ballard y cuya hija natural conoció en sus veintepico, de ella, porque una hija no merece la pena hasta que le salen las tetas, que si no es delito) y, finalmente, le mola Sebald, que no era Jotagé sino algo parecido.

Un libro muy entretenido este de Juan Gabriel. No lo publica una editorial independiente, como es lógico, porque la independencia no tiene precio, pero tiene, sí, muchos amigos que escriben.


Cien años de poliester.

martes 27 de octubre de 2009

Milagros de vida, de JG Ballard

En este post resumo un libro que resume una vida.

lector: ¿Eso no lo habías dicho ya?
juan: Sí: es que me gusta la frase.

La vida de JG Ballard le dio para 238 páginas. Se leen así (mi ayudante ha chasqueado los dedos) y se agradece así (mi ayudanta ha chasqueado; sin más). (Ver DRAE.)

Las memorias de Ballard van en dos partes (Mondadori: actualmente el mejor equipo de diseño de España). La primera habla de sus primeros 17 (+ o -) años de vida; la segunda, sobre los siguientes 60 años de vida (hasta 2007). Ambas partes son igual de largas. ¿Qué nos dice esto sobre la vida, sobre Ballard? ¿Que la patria es la infancia? ¿Que la Guardia Civil es la infancia? ¿Que es mejor no acordarse pasados los 40?

Firma Ballard el texto en septiembre de 2007. Muere en abril de 2009. ¿Qué nos dice esto sobre las páginas en blanco del final de los libros?

(Más, en Neruda: Libro de las preguntas.)

Ballard tenía, su familia, diez criados en Shanghai. Los llamaban por el número, como en los créditos de las pelis. Criado 1, Criado 2. Así les llamaban. Shanghai era el puterío y la gloria, un paraíso remezclado, raza sobre raza. Pero llegaron las bombas y el humo (como es lógico: ya nos tocará) y al niño Ballard y su familia toda y sus raquetas de tenis los confinaron en un campo "de internamiento" (la solapa dice: "de concentración"). Allí estuvo el niño Ballard casi tres años. Los mejores de su vida, dice. Claro: la infancia no es política.

En Inglaterra, ya de mocito, Ballard entra en la uni y no le gusta mucho. Snob, clasista, muchas gárgolas. Estudia anatomía, se la pasa cortando cuerpos y dejando cabezas en los armarios. Para un tipo que había visto chinos muertos es normal seguir viendo cadáveres y, luego, editores. La literatura tiene mucho de cadáver, y de china.

O China.

Se cansa de trocear humanos y se sube a unos aviones. Luego baja a tierra, se casa y procrea. Su mujer muere. Sus hijos son los "milagros de vida" del título. Muy ñoño esto. Todo lo que cuenta Ballard sobre su vida familiar me lo he saltado un poco. Por supuesto, su mujer, la primera, era la clásica mujer perfecta de escritor de éxito: le apoyó en todo y... me da tanta pereza describir a la mujer perfecta del escritor de éxito...

Cómo será el esposo perfecto de la escritora de éxito. ¡Otro escritor!

Poética. Ballard habla bastante, y de interés, sobre su visión literaria. Parte de Freud y los surrealistas y, gracias a Esto es mañana y el cuadro que ilustra este post (el famoso collage de Hamilton) ve la luz, de hecho, el luminoso de una tienda: hay que hablar de la sociedad de consumo. Dice: "En una novela de Virginia Woolf nadie llenaba el depósito de gasolina de su coche." Y eso hace él: llenar depósitos de gasolina, estrellar los coches y follar entre el amasijo.

También bebe mucho, Ballard, pero eso es algo que se le supone a cualquier escritor decente.

Finalmente, el cáncer.

Porque la muerte es una tradición que no acabamos de superar.


Lazarov, levántate y anda.

viernes 23 de octubre de 2009

Mil años de poesía europea, de (es un decir) Francisco Rico

En este post resumo un libro que resume un milenio (de poesía) que resume un milenio (de vida humana) que resume un milenio (de existencia cósmica) que resume la eternidad.

Aquí está Dios por tanto, entre párrafo y párrafo; y Saramago, en este punto.

Meterse en vena óptica mil años de lírica es como tragarse el aleph entre los copos de avena del desayuno; o los copos de avena de tu coño. Uno iba a la rutina y acaba empachado de infinito.

Uno iba a leer un libro y lee todos los libros un poquito.

Hay que decir primero: Francisco Rico. Quién es F. Rico para salvar los nombres, interrogo. La gente escribe y aspira, pero luego muere, y alguien que no escribió decide que viva o reviva, que yo lo lea o lo ignore, milenio mediante. Claro es: no se va a decidir a los dados la posteridad, que saldrían 50% mujeres y muchos negros, aunque ni unas ni otros hubieran siquiera escrito. Algún día, sí, el canon lo haremos como Ikea sus muebles: para todos.

Pero aún no ha llegado ese día y la poesía sigue en pie: para todos.

Rico dedica una sola página a biografía del canonizado: es brillante, toreo de salón, dato exacto, justo, contextual. Un resumen dentro del resumen, y yo resumo, aquí. Sin embargo, qué felicidad hallar lo errado en el ego ingobernable del doctor: dice: "de el temprano siglo XX", biografía de Rilke, página 759. Le tiene uno tanto respeto al doctor que, si nos pone perro con hache (perroh), dudamos de nosotros.

¿"De el temprano siglo XX"?

Ahora os cuento la poesía en los últimos mil años. Va.

Según se lee en este tocho de mil páginas, la poesía primera era de follar. Sólo había dos temas: follamos y morimos, y los poetas, en todas las lenguas y todos los lechos, decían: ¿follamos o morimos?

El tiempo va y viene y vira,
Por días, meses y años,
Y yo, ay, no sé qué diga:
Siempre es igual mi arrebato.
Siempre es igual, siempre el mismo,
Que a una quiero y he querido
A quien no gocé jamás.
(Bernart de Ventadorn)

Los poetas, antaño, que no había amor, dice, absurda, Roudinesco, querían tirarse a unas cuantas mozas, niñas; eran los buenos tiempos: follabas con treceañeras sin ser Polansky y, a los treinta, eras ya viejo y tenías cosas que decir. Ahora, con treinta, no te dejan decir nada, que eres joven y no sabes; que para saber hay que arrugarse, dicen.

También eran de argumento débil, los poetas, los romances; porque a la moza se la quieren abotonar (Umbral) con el dictum de: vas a perder tu belleza, querida, vente pa lo plano; y ellas, que no respondían, respondían en su mente: no es que no folle, gilipollas, es que no follo contigo, pesao.

Se creen los poetas que la muchacha pierde su beldad in albis del coño: ¡inocentes! Prefieren al arriero, que trae en su polla las mechas de la vida, el camino.

Luego de estas rijosas estrofas (XII-XV) llega el poeta-soldado. Se nota, en las bios, que todo poeta XV-XVII era un señor de sangre y filo. Cortaba cuerpos en pedazos y luego, en el intermedio, cantaba la belleza de las lilas. Como los nazis, pero sin esas botas tan sexis, que, antañón, las vestían como putas, a los soldados. Muy ridi.

Seguidamente, XVIII, la cosa se pone bruma, gris despacho, perro muerto en tinta viva. John Milton y Alexander Pope, primer Goethe: sus preocupaciones elevadas como globos sonda a ver si hay Dios y sabe pincharnos la burbuja del intelecto. Coñazo.

XIX. ¡Nació el amor! Ya lo dijo Roudinesco, tan psiqui. Goethe mismo descubre que las criadas no mueven así el culo por necesidad de fregona, sino por necesidad de mango. Y dice Goethe: "No hay nada más sexy que una mujer limpiando la casa". Lo dijo con otras palabras, y además yo no sepo el alemán, que es un idioma para llevar a las chicas a abortar. No me gusta. El alemán. Bueno, alguno es guapo. El alemán.

Y Lord Byron, y todos esos ingleses con casa de teleraña: Shelley, Coleridge, Wordsworth: poco a poco van perdiendo el interés por la carne y acaban hablando de tormentas y mitos, pobres mortales.

Asín, 2/2 s. XIX, llega Baudelaire, la droga y el mariconeo de Verlaine y Rimbaud. Los franceses toman la delantera y no hay poesía fuera de París. Ya el verso no lo acuña el rico y el noble, ni el soldado y su reposo; sino gente un poco más normal, tan normal que se drogan bastante y no votan porque no aciertan con la papela y la urna, que está difícil la acrobacia democrática.

Siglo XX. En este siglo el 90% de los poetas que nos lega Rico pasaron por un campo de concentración, o estuvieron muy concentrados en que les matara alguien. La poesía es ya política, y no es ya nunca rima y metro, sino desorden y desintegro. Fue el comienzo del fin. Philip Larkin.

El fin es ahora. Que no hay poesía. Sino miles de poetas, con padrino.

Los mejores poetas del milenio son (por mis cojones): Lope de Vega, Baudelaire, Kavafis, TS Eliot y Pessoa.

Los mejores poemas del libro: Fuga de noche, de Paul Celan; y Tabaquería, de Pessoa.

Salen dos mujeres y un montón de maricas e italianos.

No sale Teresa de Jesús ni Aleixandre ni poeta alguno de Andorra. Del 27 (gran cisma): Lorca y Guillén.

Sabedlo.




El oficio más viejo del mundo.

miércoles 21 de octubre de 2009

Los juegos feroces, de Francisco Casavella

Hay mucho que decir sobre literatura y tríos; sobre libros y treses; sobre triángulos y talento literario. El trío es cuando tienes miedo de que tu novio se vaya con otra y dejas que otra venga a follar con vosotros: sentimiento de inferioridad disfrazado de libertinaje. El 3 es un número que parece una E y parece un 8 y parecen dos grandes tetas cuando llevas toda la noche programando palotes. El triángulo, por finar el juego, es la creación de un espacio a partir de tres fronteras, la acotación de un trozo a partir de tres roturas, el jirón de superficie donde buscamos a Dios y sólo vemos nuestro propio ojo, insomne.

Por qué, que es a lo que iba a ir, va uno y dice: trilogía. Gran misterio. Escribir tres libros es normal y sano y prolífico, o no tanto; pero concebir tres libros es un misterio y una insensatez. Baroja, más que nadie en lo nuestro, perpetró muchas trilogías, con nombre y todo, y los alumnos sucesivos las estudian, con nombre y todo, aunque en ellas haya cuarto y mitad de aleatorio. Entiendo que lo trilógico vende más, como los putos donuts, que ahora vienen de seis en seis, gordos seremos, o esos 3x1 de los supermercados, rebaja del precio de lo que no quieres comprar.

Y por qué trilogía y no tetralogía; o duología, bilogia, sesquilogia, minilogía o pentecosteslogia. Quizá Hegel: tesis, antítesis, síntesis; quizá Aristóteles: planteamiento, nudo y desenlace; quizá ¡Fougol! Yo no sé.

Casavella hizo tres y ahora es una en Destino. Leí la primera, Los juegos feroces; el todo se llama El día del Watusi. Es tan buena.

Tan buena que dice uno: esto es literatura, la literatura, mi literatura, que ya andaba uno despistado por las chuches y el picoteo entre las horas, déficit nutritivo de la posmodernidad.

Casavella escribe áspero y extenso, mineral; hay muchas cosas en la página, hierro, lodo, olor; arrabal. Sitúa la historia en el tardofranquismo, Barcelona, unas chabolas que había, olímpicas. Va de: uno que tiene que escribir sobre otro, y empieza el Informe, y en este primer tomito nos cuenta el Día del Watusi, día en el que el Watusi mató a una cría y todos le buscaron para mitificarlo antes de darle sepultura marina, a cuchillo o bala, analfabetos.

BATUSI TETAN BUCANDO

Tiene un paladar machote, la novela, que ahí suena Malcolm Lowry, Faulkner, Martín Santos, Marsé, Una vida violenta de Pasolini: toda la narrativa del realismo sórdido, de putas y drogas, cata cheli, goteo de argot y déjense de mariconadas.

Drama amado, vida dura, calle en la página, todo al tres.

Esa mierda tradicional, vamos.


Todo al negro.

domingo 18 de octubre de 2009

La familia en desorden, de Elisabeth Roudinesco

Meter un gol cuanto antes tiene mucho interés. Gol en el minuto 34. Gol en el minuto 19. Gol en el minuto 10. ¡Gol en el minuto 5! ¡¡Gol en el minuto 1!! ¡¡¡Gol a los 46 segundos!!! La hostia.

En el género del ensayo contemporáneo pasa algo similar. Con Foucault. A ver quién nombra a Foucault antes. A ver quién consigue el... ¡Fougol! Elisabeth lo cita en la página 8, cuando su ensayo empieza en la página 7. ¡Es muy buena! Aunque mejor es Irene Antón, que ostenta el récord mundial de citar antes a Foucault: en El niño criminal, prólogo, ¡línea 3!

¡Fougol!

Un ensayo sin Foucault, como un partido sin gol, es la aburrición. Hay que meter muchos goles en la portería, y muchos Fougoles en tu argumento. El partido, el ensa, mejora asimismo con bonitos regates (Deleuze), tiros al palo (Debord), cambios en el segundo tiempo (Guattari por Deleuze; Baudrillard por Bordieu), y algunos insultos al árbitro (Nietzsche).

Al público le gusta hacer la ola a sus héroes, reconocerlos por el dorsal, ver si están un poco más gorditos. No nos corre, hoy, el Lacan. ¡Con lo que nos ha costado! (leerlo)

La familia en desorden, como Nuestro lado oscuro, es uno de esos ensayos pret a porter de la psicoanalista Roudinesco. En apenas 200 páginas, te resuelve un tema y te consigue, admirablemente, no aportar ni una sola idea personal. Está todo pensado, parece proponerse, y lo único a lo que un ensayista actual debe aspirar es a ordenar con ritmo y galanería todo lo que se ha dicho desde los griegos sobre el tema de la cubierta del libro.

En este caso, la familia. Empieza Roudi con Aristóteles y Platón, que, en su genialidad, consideran a la mujer como el lugar donde los hombres ponen los hijos para que crezcan. El semen son los hijos, o sea que los hijos son de los hombres, y estos, en lugar de dejar el semen por cualquier sitio mientras se transforma en progenie, lo suelen dejar dentro de una hembra, y así saben dónde encontrarlo cuando toca kindergarten.

En la Edad Media, ilustra Elisabeth, los matrimonios eran todos concertados, y la mujer, poca cosa. Dulces tiempos aquellos. Ya dice Umbral, con razón, que un matrimonio concertado sale mejor.

Es en el siglo XVIII cuando aparece "el matrimonio por amor". Antes, no había amor, propone Roudinesco, que la gente ni tarareaba Corazón partío ni na. Este matrimonio por amor descerraja la prisión de las mujeres, que poco a poco se van emputeciendo hasta lo que conocemos a día de hoy.

De seguido: divorcio, homosexuales, aborto, prostitución: los grandes inventos del XIX.

Finalmente, Freud; el complejo de Edipo y la "envidia de pene". ("Soy uno de los pocos hombres que la padece", Woody Allen.) Sigmund, que follar no es que follara mucho (informa Elisabeth) se inventa cualquier cosa para explicarse sus propias erecciones. Freud, sabedlo, es el McGiver del pensamiento: le das un par de muslos, una tragedia de Sófocles y un tirito de colombiana ¡y te explica lo que quieras!

El complejo de Edipo, por hacer posta, es una de las majaderías más grandes con las que un cerebro superior como el mío ha de bregar a diario. Ya sabéis, propone este concepto que, si eres padre de familia, después de un largo día de trabajo, vuelves a casa y, no sólo tu mujer ha hecho una cena asquerosa, sino que encima tu hijo da extrañas vueltas alrededor de ti con el cuchillo jamonero en ristre. ¡Cabroncete! A más a más, a lo mejor, mientras estabas trabajando honradamente, tu hijo le ha metido la polla a tu mujer, que por eso nunca quiere follar, no es que sea de palo.

Yo a mi madre, la verdad, no me la quiero follar. También es verdad que no la conozco. Pero si la conociera, no me la follaría así sin más ni más: soy un tipo sensible, no me voy con cualquiera, y, claro, toda madre es, ante todo, una cualquiera.

El caso es que Elisabeth arriba al siglo XX y, después de alinear a todos los franceses que una vez pensaron algo (ver arriba) nos comenta el lío obvio en el que andamos: bisexuales, madres solteras, hombres que se esterilizan para asegurarse el callejón sin salida de su sexo; manifiesto queer, feminismo agresivo, monoparentalidad, consumo de agua embotellada... Un sinfín de depravaciones.

De, ay, obviedades.

El desorden de tu hombre.

jueves 15 de octubre de 2009

La manía de leer, de Víctor Moreno

Ya el doctor José Mengele dio buena cuenta de la relación que había entre lectura y enfermedad. Cuando estás postrado en cama, como es mi caso casual, con alguna dolencia o capricho vesicular, aparte de desear enfermeras lindas que acierten con las agujas y tengan la cruz roja también como lazo de las braguitas (y ya que se andan, que te pasen la lengua por los pezones y exclamen: usted no está malo, que está bien bueno) (no sé dónde corría esto) (sigo) pues que lee uno mucho, la verdad, en la cama, como se va viendo en la carrera prodigiosa de este blog ya fundamental.

Y principal.

Víctor Moreno, otra cosa no, pero se viene ganando con los años unas cuantas tortas. El señor, que no sé qué hace con su tiempo libre, aparte de acumular en casa todas las revistas de literatura de Iberia, se propuso en los años noventa HUNDIR la crítica literaria, con un libro que se titulaba De brumas y de veras, o algo así. Yo leílo, y, por lo que se ve, no hundió la crítica literaria, esa excrecencia verbal que engorda los periódicos un día por semana y a la que los escritores acuden como al album de las fotos de las bodas: ¿salgo?, ¿salgo?, ¿soy yo?, huy, qué feo quedé. Y así.

En La manía de leer, disfrazado de análisis del hecho lector, el Moreno, con sus muñecos los críticos, vuelve a ventrilocuar zoilos a base de citas. ¡La de Dios de citas! Yo la cita, excurso al canto, es que la valoro. La cita viene siendo como el very best de la palabra, y hay un talento extraño, casi químico, en parcelar un discurso y darlo al otro, porque se descubre en ese segmento destacado una idea poderosa que, a veces, se pierde en el fárrago del decir del autor limitado (esto lo tenéis que leer otra vez que soy demasiado genial para el vulgo), como bien saben (sacar citas) Enrique Vila-Matas y Agustín Fernández Mallo, tan proclives y prósperos.

El libro este, que edita y regala Caballo de Troya (el día que me compre un libro de Caballo de Troya sí que habrá triunfado el capitalismo), es de mucho interés. Por un lado, tenemos el concepto de la lectura y la bondad. Coincido, cómo no, yo coincido con todo terrorismo y todo delito, con Víctor, el Moreno y sus muñecos los zoilos, en que es un santa gilipollez considerar que leer "hace mejor persona", "forma", "ilustra", "confiere valores éticos" y "funcionas mejor en la cama". ¡Soplapolleces! Moreno apunta, apoyado en Steiner, al que cita mucho, como a nosecuantos pensadores, uf, luego diré algo de esto (no lo diré: nota de corrección), apunta Moreno, Steiner en apoyado, que los que montaron los campos de exterminio no sólo habían leído lo suyo, y cultivado su intelecto, sino que, además, seguían haciéndolo mientras destrozaban una raza, o dinastía. Judía.

De hecho, yo creo que leer te hace mejor hijo de puta, como puede verse en este gráfico.

(gráfico)

(?)

(Laurita, ¿dónde está el gráfico? Laurita, ¡te dije...! ¡Laurita!, ahora no, que ... ¡No! Que estoy malito... No... Bueno, anda, pero quítate los brackets)

Nota de lector malherido: pedimos disculpas a todos los que esperaban un gráfico. ¡Estamos hasta arriba de becarias!

(Impás)

lectores: ¡Sigue de una puta vez con el post, Juan!

(Impás: patrocinado por el rey del suspense, Alejandro Amenábar. Ágora, en todos su cines.)

lectores: No, Amenábar no. ¡Estamos hasta los cojones de sus putas películas progres!

El caso es que La manía de leer, precisagoramente, hace hincapié mucho en esa sandez de que leer es bueno contra la intolerancia y, en fin, mano de santo. De paso, se critica a Vargas Llosa y Muñoz Molina y Savater y casi al propio Bértolo, editor de la cosa/casa.

Yo pa mí que si alguien quiere publicar en Caballo de Troya lo que tiene que hacer es meterse en el propio libro con Bértolo, editor de Caballo, consumidor no sé, que le da mucho gusto publicarlo pa hacerse el libertario y como que no censura a nadie. Pienso.

El caso es que Moreno, sus muñecos, los críticos, y, no acaba de responder a sus propias preguntas. Considera que no se puede saber qué tan buena es la lectura para el día a día de los seres humanos. Yo te lo digo, hombre.

Leer no vale para nada; lo mismo da leer que ver la tele que jugar al chess en Yahoo Games. Es un modo como otro cualquiera de pasar el rato mientras la palmas.

Leer, como ver la tele o el chess, vale (y no me contradigo) para hablar de las propias lecturas; del mismo modo que media nación se pasa la vida comentando las temporadas y los temporeros de sus series favoritas, pues los que leen hablan de lo que han leído y no salen de ahí. No hay enseñanza, no hay trasvase, es un mundo cerrado de ojos en la tinta.

Pero se liga bastante, eso sí.

Y la de follar. ¡Qué manías!

miércoles 14 de octubre de 2009

Zona fría, de Jonathan Franzen; Una profesión de putas, de David Mamet

La verdad es que cuando los americanos se ponen a recordar lo fuerte que les lanzaba su padre la pelota de béisbol son un coñazo. De eso van estos dos libros escritos por dos chicos de Chicago, del Medio Oeste y de la clase media.

Algún día alguien me dará la razón y convendremos conmigo, que es con quien tenéis que convenirlo todo, que de la clase media ya hemos tenido bastante, y que del Medio Oeste, ídem, y que del realismo medio, ídem miden. La narración con la cabeza vuelta hacia atrás y el corazoncito caliente resulta no sólo aburridísima, sino notablemente descortés. A mí qué coño me importan tus granos, pregunto sin aspas; y tu amiguito Peter, y tu tío Bob, y tus notas del insti; sin aspas. Y esa aventurilla juvenil, y esa profesorcita cachonda que te metía los pezones en las pupilas y te se restregaba las ingles sudorosas. Bueno, esto un poco sí interesa.

Franzen, que ya es un clásico por Las correcciones, reúne en la Zona fría cinco reminis de antes del follar. Su pasión por Snoopy enternece, casi se comparte. Snoopy, antes de venir a posarse en las bragas de tu novia, y antes de que tu semen se posase en Snoopy, que es bien difícil y gustoso acertarle con la polla, era, Snoopy, digo, un personaje, un cómic, una historia, bastante buena. Cita Franzen algunas cosas. Esta me gustó:

"Linus está chinchando a Lucy, la camela y le suplica que le lea un cuento. Para que se calle, ella coge un libro, lo abre al azar y dice: Un hombre nació, vivió y murió. ¡Fin! Tira el libro y Linus lo coge con reverencia. Qué historia más fascinante -dice. Casi te dan ganas de haber conocido al protagonista."

Eso me pasa a mí con las pelis porno: muchas ganas de conocer a las protagonistas, sus fascinantes vidas de nací, follé, morí, fin.

Mamet, por su parte, recuerda más largo aún, más por lo menudo, durante casi 400 pp. Muy aburrido. Sólo miré esto dos veces:

"En este país, casi nadie sabe escribir guiones de cine. (...) Los ejecutivos de los estudios no saben leer guiones de cine. (...) Para leer este guión y ver la película se necesita un poco de formación cinematográfica y de ingenuidad, dos cosas que ningún ejecutivo de los estudios posee."

En España, sin embargo, se hacen guiones muy buenos. Si eres mujer, además, tu talento es tan necesario para la Cultura Nacional que, así quieras ser novelista o pintora o cesante de notarías, tienes que dirigir películas, casi como un favor que le haces a la Humanidad, no dilapidando tu inmenso talento en limpiar la casa.

Que aprendan los ejecutivos de Hollywood, coño.
¡Guapo!
Chicago tiene de to...