Teddy es un chico de diez años que viaja junto a su familia en un crucero de vuelta a Estados Unidos después de haber visitado Reino Unido. Sus padres son un poco cargantes y su hermana tiene seis años. Podría escribir aquí el nombre y apellidos de toda la familia. También puedo decir que Teddy es un genio que cree en la reencarnación, que da conferencias de universidad en universidad, que cruza cartas con poetas eminentes y con catedráticos y gente así de polvorienta. Teddy frecuenta los libros y apunta en su cuaderno las palabras que no entiende para buscarlas después en los diccionarios. Y más cosas. Sé muchas cosas de Teddy, amigos, pero ninguna de las cosas que sé de Teddy me las ha comunicado Salinger. Me las ha comunicado la literatura.
Teddy es un cuento en el que no se informa al lector. En Teddy Salinger hace lo que mejor saber: crear una escena, una secuencia si queremos. El tiempo en este relato se continuo, y lo que vemos no es lo que Salinger vio o inventa o crea, sino lo que está pasando.
Ahí ya hay un gran escritor. Todo lo que yo pueda decir de Teddy es indemostrable. No hay una sola frase del narrador que afirme nada, que juzgue o describa psicológicamente. Esa basura se la dejamos a Rosa Montero. Salinger nos mete de lleno en la vida de una familia, y nos deja a solas con nuestros prejuicios.
En realidad no es así, claro. En realidad Salinger, de este modo, consigue embaucar al lector del modo mágico con que nos embauca, por ejemplo, un paisaje. Salinger tiene claro lo que quiere transmitir, y el modo de transmitirlo.
Toda la información que acumulo en el primer párrafo de este comentario está distribuida por el texto de manera elegante, casi se deja caer. Datos de edad, de profesión, de lo que un personaje piensa de otro... Todo está colocado para que el lector lo encuentre, pero sin que se dé cuenta de que estaba ahí esperándolo.
No me enrollo más sobre lo que me gusta (la técnica).
El cuento va de la muerte. Estoy leyendo ahora Esferas III y una expresión de Sloterdijk se acomoda de maravilla para describir el pulso del relato. La expresión es: “respirar para la muerte”. Todo el cuento, palabra a palabra, se encamina hacia la muerte.
It will either happen today or February 14, 1958 when I am sixteen. It is ridiculous to mention even.
Porque la muerte, opina Teddy, no es la gran cosa. No pasa nada con la muerte. Dice (en perífrasis) que, por ejemplo, un tipo soñó con su perro, con que su perro murió. En el sueño, el tipo estaba jodidísimo por la pérdida del can, de modo que cuando despertó y vio que su perro aún vivía, se alegró muchísimo. “La hostia, “, debió pensar, “qué susto me llevé”. Sin embargo, dice Teddy, si el perro efectivamente se muriera, el hombre en realidad no habría perdido a su perro, si no que habría de esperar a que él también muriera para encontrárselo de nuevo vivo. Porque el hombre, sin saberlo, sigue dentro de un sueño.
Teddy habla, nos ilustra, nos maravilla con sus reflexiones. Y esto es así, primero, porque el personaje es un niño. Si Salinger mismo dijera esas cosas en una conferencia, habría que tirarle basura a la cara. Pero lo dice Teddy, y el modo en el que concluye Teddy y el modo en el que concluye el “Teddy”, nos confirman que las cosas que nos ha contado Teddy son verdad.
Teddy, por último, es un cuento que prueba aquello que dicen algunos: La obra siempre es mejor que el autor, incluso moralmente.
Salinger himself es un hijo de la gran puta que no se muere nunca. Teddy, aún muerto, es la vida.















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