jueves 16 de agosto de 2007

La geometría del amor, de John Cheever

Suelo dejar los prólogos de los libros para el final, más que nada porque cuando acabo el libro, como el prólogo está situado al principio, se me olvida leerlo. Odio los prólogos. Te dicen lo que tienes que pensar del libro, te señalan sus virtudes y las páginas en las que tienes que emocionarte. Los prólogos son nocivos, sabihondos, sabiondos, repelentes. Además, suelen estar escritos por expertos y fanáticos de la obra, lo que crea en ésta un efecto similar al que produciría un comediante que empezara así los chistes: ¡Con este os vais a partir de risa!

Fresán nos augura un placer inigualable con Cheever. La verdad es que Cheever debe de ser muy muy bueno, porque después de atender a las alabanzas estereofónicas del prologador, a uno Cheever le parece realmente excepcional.

El problema y la particularidad de este prólogo es que no acaba nunca. Como las réplicas de un terremoto, Fresán sigue prologando la obra todo el tiempo: delante de cada relato, dos páginas de Fresán: que si este es el mejor cuento epifánico de Cheever, que si en este nos habla de su alcoholismo, que si en este mata a un niño al final.. Jo, Rodri, tío: danos un poco de autonomía, que no somos tan tontos…

Otra cosa que no entiendo de este libro, que la verdad es que está muy bien editado, tiene un gustosísimo papel y se beneficia de una traducción con máculas pero de considerable altura, es el orden de los cuentos. Como no están ordenados cronológicamente, no entiendo cómo están ordenados. Según el santo criterio de Fresán, que considera lógico poner un cuento de 1971 antes que uno escrito en 1962.

El caso es que me ha encantado el libro. Como estoy muy inseguro y, realmente, me considero exento de todo talento, sentido del humor y aptitud incisiva (¿será el calor de agosto, será el frío de vivir, será, quién sabe, la tibieza de no querer?) os contaré así sin mucha gracia de qué va Cheever.

Dicen que es el gran autor de la clase media. En mi opinión lo es de la clase media alta, pero dejemos eso. Sus cuentos son bastante monotemáticos, al punto de que, después de acabar La geometría del amor, tengo la sensación de haber leído una novela. El personaje principal suele ser el marido: tiene una esposa consumista y unos hijos idiotas. Viven en casas enormes. Se odian los unos a los otros. Y eso es.

Cheever odiaba a Salinger: eso se deduce de un extracto epistolar que ha encontrado Rodri quién sabe dónde. Le irrita que lo comparen, a JD, con Shakespeare. Curiosamente, los cuentos de Salinger son muy diferentes de los de Cheever. Salinger crea escenas y no se dedica a narrar y narrar como hace Cheever. John sí hace biografismo, eso de contarnos que alguien está casado con y trabaja en y gana tanto y durante X años hizo tal o cual cosa. Un estilo de contar, en mi opinión, muy por debajo del estilo creador de Salinger, que no necesita informarnos de nada, porque, si un personaje es verosímil, su presente lleva incardinada toda su vida pasada.

Ya os dije que este post no iba a tener puta gracia. Estoy de capa caída…

En fin, me ha gustado mucho este libro. Sobre todo los cuentos: El ladrón de Shady Hill, Las joyas de Cabot, El ángel del puente, El brigadier y la viuda del golf y El océano.

Curiosamente, los cuentos destacados por Fresán, Capote y Nabokov (El nadador, El marido rural) no me han resultado especialmente interesantes. El marido rural ni siquiera me lo terminé.

Vamos, que estoy fatal.









(cuentos de Cheever... qué buenos... menos mal que está Rodrigo Fresán por ahí... para sacarme el show...)

16 comentarios:

Anónimo dijo...

Cheever es la hostia. Y mucho menos artificial que las tetas que pintaba Támara

L.

Anónimo dijo...

a mi cheever me aburrió.
una experiencia terrible.

Anónimo dijo...

Sabiondo se escribe sin hache. No tiene nada que ver con una sabiduría "honda", sino con un diminutivo latino emparentado con, por ejemplo, meditabundo (no meditabhundo). Ciao.

Juan dijo...

Gracias.

estibaliz... dijo...
El autor ha eliminado esta entrada.
estibaliz... dijo...

un blog que no da jabón gratuitamente y es lúcido y no memo con la literatura

oh, fortuna

la red nos protege de esnafrarnos contra la estupidez cultural absoluta

Anónimo dijo...

Estibaliz, un consejo desinteresado:
Cámbiate el nombre, aunque sea por una sigla (pRUM, por ejemplo) o por una marca comercial, porque de verdad, es preferible llamarse Pikolín o Cola Cao, sobre todo si haces crítica cultural radical.

L.

Anónimo dijo...

Sabihondo y sabiondo: ambos son válidos.

Portorosa dijo...

Cheever es magnífico, un gran escritor.

estibaliz... dijo...

Gracias, anónimo. Pikolín o Cola Cao? Bueno, tal vez elija Pringles Paprika.
O tal vez no. Estíbaliz es la marca comercial de un santuario. Me vale.

Anónimo dijo...

A veces estos prólogos son necesarios para que nos interesemos por el libro los que somos indecisos, frios, desapasionados, o estamos hartos y ahitos de tanta ficción, de tanta letra, de tanto de todo
Saludos
Lukas

Ale dijo...

A mí me pasó lo mismo con el prólogo y las notas al pie de Fresán, pero no sería tan tajante al decir que nos toma de tontos: quizás se pone en un lugar un poco pedagógico, pero es verdad que el conocimiento del contexto y el autor de una obra permite lecturas nuevas. Para mí, el problema está en que sea una condición obligada de lectura: que ese prólogo esté ahí, esas notas mezcladitas, inevitables de ser leídas. Y el otro problema que subyace, para mí, es: ¿hasta qué punto tiene relevancia conocer la vida del autor para interpretar su obra? Aquí esto tiene especial relevancia porque después de la muerte de Cheever, fueron editados sus Diarios. Y gran parte de la interpretación de Fresán está hecha a la luz de esos diarios (de ahí sale el episodio respecto a Salinger). El tema es que el propio Cheever usaba esos diarios como ejercicio de escritura, incluía fragmentos en sus ficciones y problematizaba la práctica de la escritura mientras realizaba sus obras. Por otra parte, los mismos tienen valor literario en sí mismo, dado que, a mi juicio, que el referente sea real o ficticio no determina la calidad artística de una obra. Ahora bien, lo que yo creo es que los Diarios se devoraron la ficción de Cheever, tal vez en parte debido a que hay una tendencia social a disfrutar de los detalles íntimos, sórdidos, de personajes reales; se la devoraron porque son una condición de interpretación casi ineludible -en este caso de la Geometría...pero también de otros relatos y de sus novelas-. Y eso tiene que ver con esa decisión editorial de prologar y anotar y explicar, promoviendo una intertextualidad que es más bien impuesta, lo que en este caso produce ese efecto de control de la biografía por sobre la obra literaria. Con esto quiero decir que se impone una cierta guía de lectura, que tiene que ver con someter a la ficción a la función de esclarecedora de una interrogación: ¿quién es Cheever?

Anónimo dijo...

Me podrían decir de quién es el dibujo o la pintura de abajo del artículo

Anónimo dijo...

¿Alguien sabe de quien es esa ilustracion de la mujer con el sombrero?

Anónimo dijo...

De Tamara de Lempicka, Anónimo. Búscala en la Wikipedia.

usuario jbm dijo...

Años después, llegó un desconocido y afirmó lo siguiente: sabihondo está aceptado como palabra correctamente escrito. Al igual que sabiondo. No lo digo yo sino el María Moliner.